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Cuando el bullying viene desde arriba

Como sociedad dedicamos tiempo y esfuerzo a enseñarles a nuestros niños y adolescentes que no deben burlarse de sus compañeros, ponerles apodos ofensivos, ridiculizarlos por su apariencia, condición personal o forma de pensar, ni utilizar las redes sociales para humillarlos públicamente.

En las escuelas hablamos de respeto, tolerancia, empatía y convivencia. Les explicamos que el bullying no es un juego y que detrás de una burla puede existir una persona sufriendo.

Pero debemos hacernos una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando los propios adultos, particularmente quienes ocupan posiciones de liderazgo político, comienzan a normalizar aquello que les pedimos a nuestros hijos que no hagan?

El problema no es la crítica política

En una democracia debemos poder cuestionar con firmeza a un presidente, diputado, ministro, alcalde, candidato o cualquier otra autoridad; también ellos tienen derecho a defender sus posiciones y confrontar públicamente las ideas de sus adversarios.

El problema aparece cuando dejamos de discutir ideas y comenzamos a atacar personas. Cuando el argumento es sustituido por el apodo; cuando las diferencias se responden con burlas; cuando se ridiculiza públicamente al adversario; cuando el insulto provoca aplausos; o cuando humillar a otra persona empieza a considerarse una demostración de carácter o fortaleza, estamos transmitiendo un mensaje que trasciende la política.

Nuestros niños están observando

Y los niños aprenden mucho más de lo que ven hacer a los adultos que de aquello que simplemente les decimos.

Resulta entonces contradictorio que un lunes un maestro tenga que explicarle a un estudiante que no debe ridiculizar a un compañero y que, unas horas después, ese mismo menor observe, en persona, en la televisión o en redes sociales, cómo adultos con poder, autoridad y exposición pública utilizan mecanismos semejantes para desacreditar a quienes consideran adversarios.

¿Qué mensaje termina prevaleciendo? No podemos decirles a nuestros hijos «no pongás apodos», «no te burlés del otro», «respetá al que piensa diferente», «no humillés a nadie en redes sociales» y, al mismo tiempo, celebrar esas mismas conductas cuando provienen de una persona con poder político.

Ahí comienza la verdadera normalización. El bullying deja de parecernos grave cuando quien lo practica pertenece a «nuestro lado». La burla se convierte en humor, el insulto en franqueza y la humillación en una supuesta demostración de liderazgo.

Ese doble estándar es peligroso, porque los menores pueden aprender que el respeto depende de quién sea la víctima; que al adversario se le puede degradar; que tener poder permite decir cosas que serían reprochables en cualquier otro contexto; o que para ser fuerte hay que imponerse verbalmente sobre los demás.

La política también educa

Quienes ejercen funciones públicas tienen una responsabilidad que supera el cumplimiento formal de sus cargos. Sus palabras alcanzan hogares, escuelas, teléfonos celulares y redes sociales, y son observadas por adultos, jóvenes y niños.

Por eso, exigir respeto en el discurso público no significa pedir una política débil, silenciosa o carente de confrontación. Todo lo contrario. Se puede debatir con enorme firmeza sin humillar. Se puede denunciar sin ridiculizar. Se puede cuestionar sin deshumanizar. Se puede ejercer autoridad sin convertir al adversario en objeto de burla.

Y este principio debe aplicarse exactamente igual, independientemente del partido, gobierno o ideología de quien protagonice la conducta, porque el bullying no se vuelve correcto dependiendo de quién lo practique.

Quizás antes de reírnos de una humillación pública deberíamos preguntarnos algo mucho más sencillo: ¿me parecería correcto que mi hijo tratara de esa manera a un compañero de escuela? ¿Me parecería normal que otra persona ridiculizara y tratara mal a mi hijo?

Y todavía más importante: ¿qué autoridad moral tendremos mañana para pedirles a nuestros niños que respeten a los demás si hoy aplaudimos a los adultos que hacen precisamente lo contrario?

Una sociedad no educa solamente mediante sus escuelas. También educa mediante aquello que tolera, aquello que celebra y, especialmente, mediante el ejemplo de quienes ejercen autoridad. Nuestros niños están observando en todo momento: procuremos que lo que vean sea digno de imitar.

«Si una persona quiere respeto, debe respetar a sus semejantes».

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Escríbame o llámeme y le respondo personalmente. Atiendo en todo el territorio nacional y también a personas que se encuentran fuera del país. Le pido que no envíe por mensaje información confidencial del caso.

Retrato de Luis Guillermo Fonseca Herrera

Santa Ana, San José

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